Calidad de las relaciones en los primeros años de vida

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La calidad de las interacciones entre padres o cuidadores con los niños, determina mejores resultados, tanto en la vida escolar como en la adultez (mejores salarios y menor grado de depresión), lo que a su vez disminuye significativamente los riesgos de delincuencia.

Los programas que se focalizan en mejorar las primeras interacciones entre los niños y los adultos, ya sean padres, maestros o cuidadores, tienen el mayor efecto y generan retornos más altos de las inversiones para un país.

Para explicarlo, es necesario comprender cómo las primeras experiencias en la vida definen la arquitectura del cerebro en desarrollo. Por ende, las interacciones que se dan desde el nacimiento entre los niños y sus cuidadores, genera una relación reciproca denominada “dar y devolver”, que es clave para que todo niño alcance su desarrollo óptimo.

Biológicamente, el cerebro espera respuestas estables e interacciones predecibles, en un ambiente receptivo y sensible, donde los padres responden y satisfacen las necesidades de sus hijos. De allí que en la familia se gestan las primeras relaciones del niño y continúan a lo largo de la vida al interactuar con vecinos, amigos, personal en las estancias infantiles, guarderías, profesores, entrenadores, etcétera. En conjunto, estas relaciones determinan para bien o para mal la arquitectura cerebral del niño.

En la infancia, el cerebro humano produce setecientas conexiones nuevas cada segundo. En la infancia temprana, el cerebro sólo tiene circuitos simples y gran flexibilidad para desarrollarse. A medida que el cerebro madura, construye capas cada vez más complejas de circuitos encima de los circuitos simples. Este proceso está programado genéticamente y es un periodo de alta vulnerabilidad.

Durante el desarrollo, distintas áreas del cerebro maduran. Los primeros circuitos son sensoriales básicos, como la visión y la audición. En el primer año, se construyen los circuitos básicos para el lenguaje, la comprensión de los sonidos y su reproducción. Los circuitos para el funcionamiento cognitivo de más alto nivel, el pensamiento y la resolución de problemas, aparecen más tarde.

Pongamos como ejemplo el desarrollo del lenguaje.

Al nacer, el cerebro tiene la capacidad de hablar con fluidez cualquier idioma, es capaz de diferenciar sonidos y reproducirlos. Cuando un bebé interactúa con un adulto, es capaz de diferenciar entre sonidos que pueden sonar similares. Este periodo es sensible al entorno. Una vez que el circuito está formado, estabilizado y terminado, el cerebro pasa al siguiente nivel de circuitos y no puede volver atrás, por lo que si no lo hizo bien o no se hizo correctamente, los circuitos de nivel superior hacen adaptaciones sobre los circuitos débiles, que permanecen para el resto de la vida. Esto explica por qué cualquier insulto del entorno en la primera infancia tiene repercusiones en el aprendizaje.

En cuanto al desarrollo socioemocional, una interacción receptiva y sensible entre padres e hijos es esencial para enseñarlos a confiar en otros y a lidiar de forma efectiva con la frustración, el miedo, la agresión y otras emociones negativas. Un niño que no recibe la atención y el cariño de sus padres o cuidadores, experimentará altos niveles de ansiedad que, de no controlarlos adecuadamente, tendrá efectos en su salud física y mental, así como en su capacidad de relacionarse y resolver problemas, con mayor riesgo de deserción escolar y en la vida adulta para el desarrollo de enfermedades crónicas, ansiedad y muerte prematura.

Un niño sano es capaz de reconocer los rostros de sus padres (1 a 4 semanas de vida), de sonreír (4 a 5 semanas) y de responder a las voces de sus padres, así como manifestar sus deseos (7 a 15 meses). Un bebé explora objetos y espacios nuevos, y es capaz de manipular un juguete a los cuatro meses, de jugar a la pelota con un cuidador a los diez meses, de alimentar una muñeca a los doce meses y de participar en juegos de mesa a los treinta y dos meses. A partir de los siete meses, los bebés disfrutan iniciar y responder a las interacciones sociales, como saludar o decir adiós, imitan al comer en familia a sus padres o hermanos y son capaces de beber de una taza a los nueve meses. Poder usar tenedor y cuchara, así como vestirse, aparece entre los doce y los veinticuatro meses, mientras que cepillase los dientes, lavar y secar sus manos, ocurre entre los dieciocho y los veinticuatro meses.

Durante el periodo preescolar, el desarrollo social y emocional se amplia e incluya habilidades o competencias sociales para relacionarse con sus pares y con los maestros o adultos. En esta etapa de la vida se observa el manejo de la conducta -capacidad para seguir instrucciones y normas básicas-, la percepción social – capacidad de identificar pensamientos y sentimientos en sí mismos y en los demás- y habilidades auto regulatorias -control emocional y conductual, en situaciones de estrés-. Todas estas destrezas son cruciales para el éxito de los niños en el colegio y a lo largo de la vida.

Ante la evidencia mostrada en párrafos anteriores, los padres, los maestros y los gobiernos tienen un papel clave en el modo en que las experiencias son vividas por los niños en el hogar, durante la educación inicial, en guarderías o centros de cuidado, durante la etapa pre escolar y en la vida escolar formal, por considerar que son los niños las sociedades del mañana.

 

Bibliografía

BID (2015). Los primeros años: el bienestar infantil y el papel de las políticas públicas. Editado por Samuel Berlinski y Norbert Schady.

The Science of Early Childhood Development. (2007) National Scientific Council on the Developing Child. http://www.developingchild.net

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